Una mirada de la Navidad a través de otros ojos

Una mirada de la Navidad a través de otros ojos

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Por: Otty Barreto

Nunca como ahora la necesidad de sentir estas fechas como en épocas anteriores fue tan imperiosa. La ausencia de una pieza importante en el cuadro familiar pinta una sombra gris en dicha escena. Y en lugar de sumergirme en la tristeza de lo que podría haber sido y jamás será, intentaré admirar la belleza de la última semana de diciembre a través de otros ojos, de sus ojos.

Una familia latina está compuesta por más de los que se denominan los miembros base. Los abuelos, los primos, los tíos o tías le dan esa variedad que hace tan amena una reunión familiar. Y la nuestra no es la excepción. Las diferencias pueden traer risas como discusiones, palabras mal dichas o mal entendidas nos han llevado a dejar de lado dogmas religiosos o políticos, y concentrarnos más en la forma, sobre todo en estas fechas.

La mesa estará servida antes de la media noche, porque todos irán a recibir las 12 en su casa, aunque a veces sucede todo lo contrario, y el sonido de los villancicos en la radio, seguido de la cuenta regresiva nos recuerda que es momento de sentir ese cálido abrazo de las personas que amamos y con suerte nos rodean. Y aunque parece ser el punto culminante no lo es, y menos su inicio que se remonta a los primeros días de diciembre o hasta una semana antes de esta celebración.

Y nos viene a la mente el recuerdo de una madre buscando en Mesa Redonda el regalo perfecto, uno que genere la sorpresa suficiente para hacer brillar los ojitos de los más pequeños. O a una hermana buscando un presente con un claro significado para quien lo reciba. La multitud de otros tiempos es probable que no se compare a la de este año, esa misma que en medio del comercio inundaba las calles de la Av. Abancay y aledañas. Atrás quedaron los sucesos que hace 21 años cobraron la vida de más de 400 personas, un 29 de diciembre.

Sin embargo, esta no debería ser mi mirada y es que a veces se desvía viendo verdades incómodas que invaden el diario recorrido de una persona mayor. Los ojos por los que intento ver son aquellos que miraban con ilusión los fuegos artificiales en el cielo sin esa mancha que ahora debilita la capa de ozono. Esa mirada que reflejaba el parpadeo incesante de las luces navideñas y que buscaba ansiosa una que otra chuchería para regalar a todos y a cada uno un presente en navidad.

La cantidad nunca fue importante, la felicidad la traían siempre las cosas más simples como las tarjetas que mis pequeñas preparaban desde el jardín hasta ya grandes. La última fue la suya hace un par de años. Y es que no hay nada más hermoso que la frase “te amo” escrita a mano alzada como cierre de una carta. Una, decorada finamente por sus delicadas manos, mismas que elaboraron con detalle otras parecidas, pero con contenidos particulares, especiales para cada uno de nosotros, quienes formábamos parte de su entorno familiar.

Además, era costumbre armar un nacimiento, tan amplio como fuese posible. Uno que iba creciendo año tras año con la llegada de cada navidad, al igual que los adornos del árbol que prácticamente tenía su edad. Estirar los papeles verdes para la estructura, colocar los animales según el tamaño, los pastores, los reyes magos y finalmente la sagrada familia, sin olvidarse del ángel que extendía sus alas sobre el pesebre. Recuerdo como las nenas me pasaban a los personajes uno por uno, abrían la envoltura, miraban curiosamente las pequeñas esculturas, como cerciorándose que fuesen los mismos de siempre. Uno que otro quiñe en su superficie demostraban el paso de los años, nada que un retoque no pudiese arreglar.

El ritual del armado era un momento de compartir, un recuerdo para atesorar convertido en una tradición familiar. Este año es el segundo sin ella, y esa ausencia parece invadirlo todo, pero cada recuerdo revive las ganas de hacer las cosas a su manera, de forma que también esté presente en las actividades realizadas durante estas fechas que tanto disfrutaba. Un sentimiento que es posible se repita en muchos hogares.

Ya sea una simple chocolatada, o una cena con diversos platos, nada se compara a compartir ese bello momento con nuestros seres amados, con verlos sanos y llenos de sueños que alimenten sus ganas de vivir, ese entusiasmo juvenil que suele irradiarse y contagiarse a quienes por algún motivo llevan opacado el brillo de sus ojos.

Alguien en algún lugar extrañará la presencia de una madre, un abuelo o una prima, en nuestro caso nuestra amada hija, que también fue hermana, sobrina, prima y nieta, nada será igual pero la emoción no debería morir, porque el recuerdo permanece vivo mientras sigamos creando nuevos y bellos momentos para atesorar. Un abrazo justo a las doce y el deseo inmenso de encontrar ese calor humano, el cariño y la comprensión de aquellos que más amamos y que aún permanecen a nuestro lado. Brindemos por quienes nos dejaron esos hermosos recuerdos y construyamos muchos más en familia.

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