En nombre de la Democracia

En nombre de la Democracia

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Por: Mario Vásquez Cohello

Desde que la democracia fue inventada por los griegos, mucha agua ha corrido bajo el puente, y se la ha entendido de diversas maneras y empleado de muchas formas. Algunas veces la democracia ha permitido el desarrollo y en otras como en el Perú, solo es una excusa para una enfermedad sin remedio.

La historia de la Revolución Francesa ha acuñado frases y glosas memorables, una de ellas es la que se le atribuye a Madame Roland, cuando en 1793 y antes de ser guillotinada exclamó: “¡Oh, Libertad! ¡cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”. Y nosotros, los ciudadanos peruanos, podríamos sentir lo mismo que Madame Roland, que el filo de una navaja atraviesa nuestra garganta cada vez que un exultante político vocifera palabras inconexas para defender lo que es indefendible, podríamos sentir que nuestras cabezas rodarán por un árido campo, luego de que en nombre de la democracia se aleguen proyectos sociales que permitirán el beneficio de unos cuantos, en nombre de sus muchos intereses.

El sistema republicano que optó el Perú, desde el inicio de su independencia en 1821, posibilitó que eligiéramos a la democracia como forma de gobierno. Y nuestros sucesivos gobernantes no se han caracterizado por seguir un proyecto democrático de largo plazo, consensuado y respetado, sino más de las veces, nuestra frágil democracia ha sido interceptada y sorprendida por líderes autoritarios, ricachones, tiranos o mesías que, en nombre de una ideología, creyeron que solo ellos salvarían al Perú.

Se puede advertir que la democracia peruana del siglo XIX es muy parecida a la del siglo XX, pero ambas distan de la democracia del siglo XXI, pues desde que se puso fin a la dictadura de Alberto Fujimori han pasado sucesivos gobiernos, desde Alejandro Toledo hasta el vigente Pedro Castillo. En ese lapso de poco más de 20 años, los presidentes electos lo han sido respetándose el voto de los peruanos. Aunque es cierto que algunos de ellos renunciaron en pleno mandato, como Pedro Pablo Kuczynski, otros continuaron y disolvieron el Congreso de la República como Martín Vizcarra, y otros gobiernan con una pobreza moral e intelectual a la altura de los actuales parlamentarios. Todo ello sin olvidar los problemas judiciales que tienen Toledo, Humala, PPK, Vizcarra o el que hubiese tenido el fenecido Alan García Pérez.

Los presidentes del Perú, desde 1985 hasta el 2020 (de izquierda a derecha: Alberto Fujimori, Alan García,Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pablo Kuczynski y Vizcarra).

Sin embargo, la continuidad de la alternancia democrática ha ido en el mismo carril por donde transita la corrupción. Se ha convertido en un monstruo de dos cabezas, que es capaz de salir a los medios de comunicación y hablar con decoro de sus logros y beneficios, cuando lo que vemos es saqueo e indiferencia. 

Desde esa perspectiva y siendo así el panorama, para un sector de la ciudadanía es lícito pensar que la democracia es un Caballo de Troya, un regalo que nos ofrecen cada cierto tiempo que requieren de los ciudadanos. Un obsequio muy bien montado, por no decir disfrazado, de cuyo vientre serán expectorados, muy posiblemente, todos aquellos que la ven como una posibilidad para no ir a prisión por un delito investigado. Es así como la democracia permitirá postular al Congreso de la República, sin dar cuentas de los millones gastados en la campaña, para poder recuperar universidades con fachada de publicidad engañosa; consolará a aquel que se siente en el sillón de Pizarro y hará ricos a sobrinos y amigos; facilitará la fuga de los que solicitan asilo para huir de la fiscalía; posibilitará decir que hubo fraude en las últimas elecciones presidenciales aun cuando no exista ni una sola prueba; y por esta democracia algunos medios de comunicación pasarán por alto el filtro de la investigación, pues si algunos ciudadanos dicen que hubo fraude, entonces lo hubo. Y mañana los periodistas escribirán titulares en sus portadas, en nombre de la misma (y de la libertad de expresión) y gritarán hasta el hastío sobre un fraude porque no les gusta el nuevo gobernante. 

Y la democracia le permite al ciudadano, también, ser indiferente, impasible, pues volverá a pensar y decir que esta forma de gobierno en el Perú no tiene derrotero o si lo tiene, va rumbo al cadalso; por ello me permito parafrasear a Madame Roland y preguntar “Oh democracia ¿cuantos crímenes más veremos en tu nombre?” Y yo sostengo que depende de la ciudadanía, ciudadanía a la que hay que formarla, alimentarla y desarrollarla, para que con conciencia crítica defienda nuestra democracia.

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