El problema del conocimiento

El problema del conocimiento

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Por: Mario Vásquez Cohello

¿Qué es el conocimiento? ¿Cómo se origina? ¿A través de la razón o de los sentidos? ¿o por medio de ambos?
¿Es posible conocer? Estas interrogantes animaron el inicio de la modernidad filosófica europea, con respuestas que sentarían las bases del racionalismo, el empirismo y el criticismo.

En un artículo anterior habíamos quedado con ustedes, amables lectores, en desarrollar las disciplinas o ramas de la filosofía, y después de haber redactado sucintamente a la Ontología, ahora continuamos con la Gnoseología, cuya raíz etimológica proviene de las raíces griegas gnosis (conocimiento) y logos (teoría o tratado), dando como resultado a la Teoría del Conocimiento.

En primer lugar, ¿se han puesto a pensar cuántas veces mencionamos en nuestro diálogo habitual la palabra conocimiento? Solemos decir: “Yo conozco esa avenida”, “Masiel conoce ese restaurante”, “Eliot conoce esa melodía musical”, “Melina asegura conocer al presidente de la República”, sin embargo ¿qué es conocimiento? Ante esta pregunta, el filósofo peruano Augusto Salazar Bondy sostenía que el conocimiento puede ser definido como acto, vale decir “un proceso psíquico que realizamos cuando somos sujetos conscientes”. O como refiere el maestro Oscar García Zarate, “para que exista un conocimiento se requiere que la creencia (de una persona) sea verdadera, y que la persona que sostiene dicha creencia tenga razones justificadas para tenerla”. Siendo así, hablamos de condiciones necesarias y suficientes, pues si faltase alguna de ellas, no habría conocimiento. Aunque esta definición no ha estado exenta de críticas como la que sostiene el filósofo norteamericano Edmund Gettier, y que podríamos comentar más adelante.

Ahora bien, una definición del conocimiento desde el punto de vista filosófico nos remite a otra pregunta ¿es posible el conocimiento? y si afirmamos irrefutablemente que es posible, nos ubicamos al interior de una posición gnoseológica llamada dogmatismo o realismo ingenuo, pues se asegura que el hombre puede conocer y puede conocerlo todo, como lo supusieron los milesios o los pitagóricos en la Grecia pre socrática. Y el asunto terminaría aquí siempre y cuando un grupo de personas hayan sostenido que el conocimiento no es posible, o que por lo menos existe una duda razonable para que el hombre pueda conocer la realidad o la esencia de las cosas, y si usted comulga con esta posición, pues se ubica en lo que la tradición filosófica conoce como escepticismo.

¿Quién es un escéptico? Es aquella persona que niega la posibilidad de que el hombre pueda conocer. Entonces, diríamos que es el lado opuesto al dogmatismo, pues el escéptico por naturaleza duda o se muestra reacio a aceptar a priori de que todo se puede conocer. Por lo tanto, es justo señalar que, a lo largo de la historia de las ideas, el escepticismo ha mostrado matices: por ejemplo, el escepticismo radical sostiene que el hombre nada puede conocer, no es posible el conocimiento de ningún tipo y por lo tanto la actitud correcta de este modo de escepticismo es el silencio, un representante de esta corriente fue Pirrón de Elis (360-270 a. n. e.) quien para ser consecuente con su posición optó por no hablar o la suspensión de todo juicio (epojé).

El escepticismo relativista es de otro tipo y fue sostenido por los sofistas, quienes afirmaban que no existe una verdad absoluta, sino relativa, es decir una validez limitada y referida a elementos externos, como el contexto en el cual vive el hombre, la influencia del medio o el grupo cultural al cual pertenece. Un representante de ello, fue el sofista Protágoras (siglo V a. n. e.), al proponer al hombre como la medida de todas las cosas (relativismo individualista). Además, este pensador sostuvo que de los dioses nada sabemos, pues el tema de la divinidad es muy oscuro y la vida del hombre tan corta como para ocuparlo en ello. A esta posición también se le llama agnosticismo, pues el sofista no negó la existencia de dios, pero tampoco la afirmó (sobre dios es preferible no emitir juicios).

Demócrito (centro) y Protágoras (derecha) por Salvator Rosa.

Finalmente haré referencia a un tipo de escepticismo, defendida por el positivismo del francés Augusto Comte (1798-1857), quien negaba el conocimiento de lo suprasensible (por ejemplo, el Mundo de las Ideas de Platón o el Motor Inmóvil de Aristóteles), dándole validez solo a lo dado por la experiencia. A esta posición se le conoce como el escepticismo metafísico.

Ahora bien, si por un instante admitimos que el conocimiento es posible, nos plantearíamos una pregunta adicional ¿cómo se origina el conocimiento? Y la respuesta la encontraríamos en los albores de la modernidad, cuando respondan desde orillas opuestas, René Descartes y Jhon Locke. Pero para darle profundidad y análisis a este interesante tema, propongo una segunda parte para nuestra siguiente edición, quedando pendiente para usted amable lector, averiguar sobre la vida de estos filósofos y sobre lo que hemos redactado en este artículo.

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