Bendito Examen

Bendito Examen

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Crónica: Milene Mendoza

“Ya solo faltan tres días para tener más libertad”, pensaba. La mañana fue como cualquier otra. En la academia la pasabamos por prácticas finales, preguntas de repaso y, los últimos días, suposiciones sobre ese nuevo virus que ya había llegado a Perú. Mi mente estaba enfocada en rendir ese examen de admisión que tantos problemas me había traído. Sin embargo, el 12 de marzo del inolvidable 2020, a las 12:15 p. m., a solo unas horas para que acabara el turno y pasara el día como uno normal, entró el tutor al aula con una noticia de último minuto: suspensión del examen de San Marcos indefinidamente. 

Voces alegres de algunos y preocupación por parte de otros: los sentimientos estaban divididos. ¿Ahora cuándo daría ese examen? Ese día el horario de las clases cambió, terminó a las 8 p. m. porque se tenían que completar las horas que se perderían. Lo único bueno fue que pude pasar todo el día con mi pareja, algo normal en esas fechas y que habría prolongado por más tiempo de saber que en los próximos días el gobierno iba a declarar una cuarentena interminable.

El 15 de marzo de 2020 a las 8:30 p. m. se anunció un decreto de urgencia: cuarentena general por 15 días. Un miedo inmenso se apoderó de mí. Recuerdos de un par de meses antes volvieron a mi mente. “Hasta que no termines con él no me vuelvas a hablar”. Pero no solo fueron palabras: si no quería que se enteraran que seguía con el chico que me habían prohibido ver, tenía que hacer lo que mi hermano me pedía. Desde esa fecha me quedé sin celular, usaba uno de esos “chanchitos” a escondidas, pero no me importó mucho porque podía estar en la academia hasta tarde y verlo; sin embargo, tendría que estar encerrada durante dos semanas. “Pero qué son dos semanas”, pensé ingenuamente. 

Ya solo quedaban 4 días para que acabara el aislamiento obligatorio, durante esos días solo trataba de concentrarme en estudiar, porque mi examen podía volver en cualquier momento, y agarraba el celular a escondidas. En el almuerzo, todos llenos de esperanza prendimos el televisor para escuchar el mensaje a la nación ese 26 de marzo, pero se nos regresó a la realidad al instante: “extensión de la cuarentena obligatoria por 15 días más”. 

La nueva fecha esperada era el 12 de abril, pero las cifras de infectados y muertes seguía aumentando, era difícil creer que solo bastarían 15 días más. Mi madre trabajaba como operaria de limpieza en un hospital, iba vestida como astronauta por lo que nunca se enfermó, hasta donde sabemos. Mi padre comenzó a hacer muebles para la casa y así ocupar su mente, porque, aunque no lo dijera, él tampoco aguantaba más. Mi hermano estaba ocupado disfrutando del inicio de un romance, que por el momento solo podía ser virtual. Y yo seguía encerrada en mi cuarto escribiendo a ocultas en ese celularcito que tanto me había acompañado, pero ya no estudiaba con las mismas ganas, pues no sabía si llegaría el día en el que rindiera el examen.

Una tarde, ya sin ánimos, volvimos a oír el mensaje del presidente, 4 días antes de la fecha de nuevo. Un 8 de abril en la tarde se nos anunció una nueva prolongación, pero esa vez ya no fue sorpresa. Para esa época, toda la familia de mi mamá estaba contagiada, mi abuelita de 84 años luchaba contra el virus, pero la más afectada fue mi tía que sufría de asma, parecía que se nos iba a ir en cualquier momento. 

Mientras tanto la situación en mi casa no era la mejor, si bien mi hermano, tras este nuevo anuncio, me devolvió el celular por pena, no dejaba de tenerme amenazada para hacer lo que él quería. Aún me quedaban pequeñas esperanzas de que la cuarentena no durase tanto para poder si quiera salir, así que no podía arriesgar nada. Era menor de edad todavía, mi pareja ya tenía más de 18; la amenaza constante de una familia con pensamiento cerrado me hacía sentir que el distanciamiento no solo era para la calle, sino también entre nosotros. 

Así pasaron meses, las cifras de las muertes por covid no bajaban, aunque mi tía y mi abuelita se lograron recuperar, muchos no pudieron correr con la misma suerte. Dejé de estudiar, el examen igual nunca vendría, pero esto generó discusiones porque mis padres todavía me exigían hacerlo, simplemente yo ya no quería. 

Segunda ola, llegada de vacunas, crisis política… así pasó el tiempo. Incluso cumplí la mayoría de edad, lo que significaba que las amenazas se acababan al fin, también pude salir unas cuantas veces con mi pareja, y lo más importante: dieron una posible fecha de examen. Las cosas parecían mejorar poco a poco y aunque las muertes no cesaban, había nuevas esperanzas. Sin embargo, todo volvió a dar un giro: elecciones, postergación del examen y nuevas discusiones familiares. Y así pasó más tiempo.

Luego de un año y medio, el 5 de septiembre del 2021, por fin rendí ese bendito examen. Algo larga la espera, ¿verdad? Pero se logró el objetivo. Estaba dentro de San Marcos pero a la vez lejos de ella. Esto de la modalidad virtual fue nuevo y estresante debido a la desorganización, el retraso en el inicio de clases o la falta de profesores; además del hecho de trabajar en grupo con algunos fantasmones, pues no todos se dignaban a contestar el WhatsApp, es muy diferente el modo presencial al virtual, sin embargo, había que adecuarse y lo hice. 

Ahora, después de un ciclo y otro en proceso, se acerca la fecha de ingresar a las aulas, no digo retornar porque soy nueva en esto, pero me entusiasma la idea de pisar suelo sanmarquino. Por lo pronto, la modalidad semipresencial, que para otras bases se inició en agosto del año pasado, comenzará en mayo para nuestro grupo y será una manera de ir adaptándose a los futuros retos que deparan las clases presenciales.

Después de todo lo vivido en estos últimos años, la respuesta a si valió la pena el haber esperado tanto para un examen de ingreso a la Decana de América lo podrá confirmar cada ingresante con su propia experiencia. Para mí, lo valió, valió el esfuerzo y algunas privaciones, pero ahora lo importante es avanzar, recoger cada experiencia y lograr egresar con una bolsa llena de herramientas para un futuro prometedor.

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