UN MAL OLVIDADO

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Conmemorando el Día Mundial contra el Cáncer: La lucha no debe detenerse

Por: Otty Barreto

A las jovencitas que ya no están y a mi amada Sasha

Febrero del 2021, una fecha en que el tiempo se detuvo para mí, pero ya desde el 2020 se había detenido para muchos. El 4 es el Día Mundial contra el Cáncer, y el 9 es el día en que una víctima más de esta terrible enfermedad partió. Sin embargo, su muerte no fue tan dolorosa como lo fue la última etapa, la fase terminal, esa en la que de manera cruel muchos oncólogos dicen a los enfermos o a sus familiares que ya no regresen más, que ya no hay nada por hacer. A mi preciosa Sasha la desahuciaron más de tres veces.

No he hablado de esto muy seguido, en realidad siempre que me vienen a la mente esos recuerdos, el aire empieza a enralecer y, si no logro contener las imágenes, termino siendo presa del dolor, la amargura y la impotencia. Mi hija murió ante mis ojos mientras trataba de darle algo que pudiese tragar, me tocó ver cómo la vida que ella tanto amaba se le escapa en segundos. Como muchos, tuvo que quedarse en casa y acomodarse a la realidad que se vivía durante la pandemia.

Un día de quimioterapia ambulatoria consistía en esperar su turno, que de la hora propuesta solía extenderse a un par más, recibir ese tratamiento en el cual permanecía conectada a un catéter para que ingresen los químicos y el suero a su cuerpo durante por lo menos 8 horas y esto se repetiría por dos o tres días. Pero esta vez era diferente, una salida con permisos y de emergencia rumbo a la cita programada, las calles no eran las mismas, el gris de la ciudad lo absorbía todo, como en un holocausto apocalíptico los habitantes habían desaparecido, no había tráfico, no había ruido de motores ni bocinas, solo el silencio preocupante de saber si sería atendida o no.

Al llegar al INEN (Instituto Nacional de Enfermedades Neoplásicas), no dejaban pasar a ningún paciente, todo estaba paralizado y las programaciones también. Los intentos telefónicos ya nos lo habían anticipado, pero después de denunciar la llegada de la prensa nos informaron que el tratamiento sería oral: quimioterapia en comprimidos y otros medicamentos adicionales, que ni siquiera le harían cosquillas al sarcoma. Nódulos que a pesar de su corto avance ahora se extenderían sin piedad por sus pulmones.

Buscar otra salida, cuando hasta a los privados se les había impuesto el cese de tratamientos de este tipo, era imposible. Aun así, lo que encontramos, como todo, no aseguraba recuperación o estabilidad solo un ataque continuo al cáncer, pero con él también al cuerpo a través de quimioterapia, adicionando a esta un nuevo tratamiento autoinmune por la suma de más de 10 mil soles por sesión. Con ayuda de familiares y amigos, estábamos listos para la segunda sesión pero, según nos informaron en la clínica, tenían prohibido seguir haciéndolo, el gobierno se puso más fuerte con eso del contagio. En realidad, a los que pasamos por estos casos solo nos dejaban dos opciones: o te mueres con cáncer o te mueres con COVID.

Una raya más al tigre, dicen que lo que no te mata te hace más fuerte, pero mi hija ya estaba muriendo, las fuerzas se le escapaban y la sonrisa se iba desdibujando de su rostro. Una joven de 19 años, que amaba el arte en sus diversas manifestaciones, a la que el cáncer por no decir Estado, política sanitaria, intereses particulares o negociados, etc., le arrebató de a pocos todo lo que quería. Dejó el ballet junto con su rodilla, que fue reemplazada por una prótesis interna; dejó el piano y las artes plásticas, porque sus venas no resistían el ingreso constante de los químicos que la dejaban bastante adolorida, dejó de cantar después de la metástasis. Amaba y soñaba y sonreía, y en el trayecto se resistía a ser vencida.

Y mientras la línea del pulsómetro permanecía estática, veía a través de los ojos de mi nena todo lo vivido, lo bueno, lo malo y aquello que jamás podría vivir a su lado. Mi hija se había ido para siempre, dentro de nuestra sala, postrada en una cama y conectada a un concentrador, que es quizá más de lo que muchos otros en la misma situación tuvieron. Nuestro sistema de salud se desnudó en miles de hogares donde no hubo oxígeno, ni remedios para el dolor, donde vieron morir a sus seres amados ya sea por coronavirus, cáncer u otras enfermedades, llenos de impotencia y rabia por el hecho de saber que se pudo hacer algo más y se dejó pasar.

La salud es un gran negocio a nivel mundial, como ya lo hemos podido comprobar durante el encierro. Más allá de las buenas intenciones por hallar una vacuna para el COVID-19, estaba la carrera por cuál de los laboratorios la encontraba primero. Jugosos contratos por inmensos lotes que aún ni salían a la luz, hasta piratería en las altas esferas por países que se abastecían en demasía, mientras otros ni siquiera aparecían en la larga lista de espera de aquellos que pretendían hacerse de un lote. En el Perú, el libre mercado influyó en el sobrecosto de remedios y de pruebas para el COVID y la especulación de los tanques de oxígeno.

Más de 36 mil muertes por cáncer en solo dos años es una cifra que muestra el impacto de la pandemia en nuestro alicaído sistema de salud. Se postergaron muchos tratamientos, a otros se los dejó de lado, mientras más enfermedades –aparte del coronavirus– iban apareciendo; las mentales sobre todo, producto del encierro. El enfoque de este gobierno parece priorizar al sector salud que hace mucho tiempo ha sido desatendido. Esperemos que el incremento del sueldo al cuerpo médico incida en la mejora de su trato con el paciente.

Un diagnóstico de cáncer en el Perú es saber que se está condenado a una muerte lenta. Las políticas de salud en prevención y en atención a los pacientes están a años luz de lo que deberían ser. Si bien es cierto existen tratamientos alternativos menos dañinos para el organismo, no están dentro de los protocolos que sigue el Estado; o si lo están, solo son aplicados por entidades privadas como laboratorios o empresas farmacéuticas en forma de ensayo, y muy pocas veces en centros de salud pública. Es necesario, entonces, que el gobierno invierta en ciencia e investigación dentro del rubro de la medicina, que tanto nos hace falta; que se elaboren más convenios con entidades internacionales para enfrentar el cáncer en todas sus formas; y, sobre todo, que se invierta en su prevención.

A pesar de lo cruel que fueron los últimos meses de mi hija, trato de vivir a su estilo. Mientras haya vida, hay esperanza. Los avances médicos en el tratamiento del cáncer son alentadores. La inmunoterapia, el uso de células madre y la nanotecnología podrían mostrar el camino para lograr deshacernos de ese terrible mal. Puedo asegurar que no solo es una enfermedad física sino también emocional, por ello la noticia de su diagnóstico es el principal traspié con el que se cruza el paciente. Si se entendiera que somos individuos y no un número más en la fila –cada uno con una carga emocional, física y mental– la atención en centros de salud mejoraría.

Me tocó ser madre de una adolescente con cáncer y conocí a otras jovencitas como ella, todas fuertes, todas con miedo, pero también con esperanza. Las sigo por sus redes hasta que alguien más publica por ellas, entonces me doy cuenta que su lucha acabó y con ella su sufrimiento. Con mucho dolor, reviviendo mi tristeza, me despido: “un beso para ti y para esas preciosuras que partieron antes que tú. Dile a mi Sasha cuánto la amo y que la estaré esperando el día que me toque partir”.

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