Carta abierta a Inmanuel Kant

Carta abierta a Inmanuel Kant

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Por: Mario Vásquez Cohello

Estimado señor Kant, desde hace muchos años, soy profesor de historia de la filosofía, desarrollo con mucho entusiasmo la aparición de las ideas en occidente desde los griegos presocráticos hasta los contemporáneos del siglo XXI. Bueno, resulta que yo pertenezco a este siglo, que dicho sea de paso no está tan lejano del suyo, pues usted vivió en el XVIII, en su querida Königsberg, y yo vivo en el Perú. Y una de mis felices clases, señor Kant, está referida a su prolífica producción filosófica, y le comento que el tiempo es breve para estudiar sus potentes argumentos, aunque siempre nos detenemos en algo y lo conversamos con más interés; y no me pregunte por qué señor Kant, pero es uno de los temas preferidos de mis alumnos: el reino de los fines. Les explico a mis jóvenes estudiantes, que usted proclamó ese reino donde debemos considerar al hombre no solo como un medio, no solo como una herramienta o instrumento, sino como un fin en sí mismo, pues el hombre posee dignidad, un valor fundamental por el solo hecho de ser tal. Le cuento que esa hermosa palabra está registrada en casi todas las constituciones políticas del mundo, por lo menos lo está en mi país, usted lo puede encontrar en las declaraciones universales que hablan sobre los derechos humanos o en los pactos internacionales, y que usted, señor Kant, puede leerlos en internet. Después le explico cómo se hace. Sin embargo, por más que mis estudiantes entienden su idea en torno al concepto de dignidad no comprenden por qué seguimos, en la mayoría de casos, tratándonos como meros instrumentos, como apéndices de máquinas, si la idea que usted nos proporcionó es muy buena. Aunque vale decir que, bajo algunas circunstancias y en diversos contextos, la dignidad también se entiende de otra manera; y para ello un estudiante relató la siguiente historia: Nos contó lo que mis compatriotas en el año 1936 lograron hacer y está referida precisamente a la dignidad. Sucede, señor Kant, que la Alemania de aquel año era gobernada por un nefasto individuo –y disculpe la crudeza de mis palabras– llamado Adolfo Hitler, que hablaba la misma lengua que usted. En la Alemania de aquel tiempo, se organizaron unas olimpiadas deportivas, donde mi país participó enviando una delegación de futbol, cuyos deportistas tenían la piel blanca, otros la piel cobriza y otros la piel morena, evidenciando nuestro mestizaje y la riqueza de nuestras diferencias culturales. El encuentro de futbol se llevó a cabo entre Austria (país de origen de Hitler) y la selección peruana. En el palco oficial estaba muy orondo y orgulloso el maléfico gobernante, pero terminó muy enojado cuando los futbolistas peruanos le ganaron a los austriacos por 4 goles a 2. Aunque hay que decir, señor Kant, que el árbitro del encuentro anuló ilícitamente tres goles de los peruanos, y ello también se puede revisar en internet. En otras palabras fue una goleada aplastante, y no es para menos, pues los delanteros peruanos arrasaban con todas las defensas, de allí que fueran apodados como “el rodillo negro”, que seguramente no le cayó en gracia a la oficialidad hitleriana y no soportó tanta humillación, por ello decidieron, esa misma noche, anular el partido. Vaya injusticia, ¿no lo cree? Entonces mis paisanos no tuvieron mejor idea en ese momento, y tras la anulación del resultado, que regresar a nuestro país, pues por su propia dignidad no podían aceptar la prepotencia, el abuso, la matonería y la injusticia. En otras palabras le dieron una lección al mundo, de cómo los hombres no deben permitir las injusticias, venga de quien venga, por más Hitler que sea. Y es que aún quedan muchas personas que dicen deslindar con los que representan todo tipo de autoritarismo, pero más de las veces se comportan peor que ellos, pues son racistas e intolerantes, apuestan por el abuso y la discriminación como forma de vida, o usan a los hombres como meras cosas, y creen – incluso en nombre de Dios- que lo que hacen y dicen está bien. Y eso que en mi país, señor Kant, hay una diversidad cultural manifiesta, pero hay un grupo de personas que creen tener el derecho de tratar a los demás como solo medios, como partes de una máquina. Anulando los más elementales valores. Aun con ello señor Kant, y gracias a usted, es que mis alumnos reflexionan y orientan su conducta hacia una sociedad más inclusiva y comprensiva. Eso sí, aún nos falta mucho, pero creo que vamos por buen camino. Bueno, ya me voy despidiendo, gracias por la paciencia de leer mi carta. Cuídese mucho. Con afecto, Mario.

Un comentario en «Carta abierta a Inmanuel Kant»

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