Los niños y la filosofía

Los niños y la filosofía

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Por: Mario Vásquez Cohello

Durante una clase de verano, que era parte de un programa de filosofía para niños desarrollado en el distrito de Los Olivos, entablamos una amena conversación con los chicos acerca de la relación del hombre con la naturaleza y la necesidad de conocerla y valorarla. Para ello decidimos dar un pequeño paseo por los alrededores, en medio de ese día caluroso.
Y mientras conversábamos el sol nos abrazaba con fuerza, haciendo difícil nuestro andar; así que nos refugiamos bajo la sombra de un frondoso árbol, al cual los niños corrieron para protegerse del calor y recibir el aire fresco que por allí circulaba. Nos quedamos por varios minutos, charlando y jugando a trepar el gran árbol, mientras uno de ellos preguntaba, por qué no habían más árboles o simplemente dónde estaban. Les explique que muchos de ellos eran abandonados; otros, descuidados y en el peor de los casos eran quemados. Ello causó mucho asombro en los pequeños, y con cierto enojo uno de ellos manifestó: “eso está muy mal, porque si no hay árboles no podemos vivir bien y tampoco podemos jugar”.
Ese asombro de los niños, en aquella tarde, es una actitud que a medida que transcurre nuestra infancia la vamos perdiendo. Extraviamos, casi por completo, nuestra capacidad de admiración cuando hemos llegado a la adultez, y puede suceder que en el transcurso de nuestra vida ya nada nos asombre, o ya nada despierte nuestra admiración, pues la rutina o la cotidianidad nos hace inmunes a nuestra realidad externa o interna.
Y he de subrayar el asombro o la admiración, pues tanto Platón como Aristóteles, filósofos de la antigua Grecia, coincidieron en que la filosofía nace –entre otras cuestiones– como producto de la admiración del ser humano ante la realidad que lo circunda.
Ahora bien, los filósofos entendían la capacidad de asombro como un cuestionamiento o una interrogante, pero no referida a la pregunta ordinaria acerca del nombre de una persona o la dirección de una casa, sino el cuestionamiento, por ejemplo, de aquello que llamamos bueno o malo, del origen o procedencia del ser humano como especie, o sobre la autenticidad de la realidad que vivimos. Y llegamos a esa pregunta que a veces nos asalta ¿qué es aquello que llamamos realidad?
La riqueza de la filosofía, por lo mismo, está en la pregunta, en el origen de aquello que nos hace dudar, en el interés por ofrecer una respuesta diferente a los cuestionamientos que necesitamos hacernos constantemente, tal y como lo hacen los niños, para luego ejercitarnos en el análisis, la crítica y la reflexión. Estos pilares de la filosofía que no nos deben ser ajenos y que no son exclusivos de una élite, sino que están a disposición de todos, desde que somos niños hasta que llegamos a la vejez, y para ello no hay impedimento, solo tengamos el atrevimiento, como decía Kant, de usar nuestra razón.
Dedicado con amor a todos los niños del mundo, en el corazón de Masiel, Eliot, Sam, Camila, Gabriel, Zoe y Mati.

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